Joaquín lucía esa noche un aspecto extremadamente apuesto y elegante, salvo por una minúscula gota de sangre en el cuello; en ese momento la asocié a un leve corte al afeitarse. Tomó mi mano entre las suyas (pálidas, largas y muy frías) y sonrió mientras se inclinaba hacia mí y me susurraba al oído, con su aliento cálido cosquilleándome bajo la oreja, que le habían hecho un regalo muy especial y que deseaba compartirlo conmigo.

Ahora todo lo que tengo es el recuerdo de su beso y de la calidez de una gota de sangre resbalando por mi cuello. Y también esta extraña sensación de hambre, insaciable, que me atenaza a todas horas.